Tiempos de rebelión: Cusco recordó 239 años de la rebelión de Túpac Amaru II y Micaela Bastidas

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En Tungasuca, Cusco, 500 personas fueron actores por un día. Montaron una de las obras de teatro más grandes y conmovedoras del Perú: escenificaron la rebelión de Túpac Amaru II y Micaela Bastidas, para conmemorar los 239 años de aquel suceso que marcó la independencia de nuestro país.

El auto bordea el Estadio Municipal de Cusipata. En su radio, a todo volumen, suena un huayno con requinto, de aquellos que hoy llenan coliseos y estadios en Cusco. “Y nos vamos por los pueblos de Túpac Amaru y alrededores: Tungasuca, Surimana, Pampamarca…”, exclama el animador de la canción, mientras el chofer anuncia que hemos llegado a Pampamarca, bordeando la laguna del mismo nombre, que también es conocida como Tungasuca, y que cobija a los distritos de Pampamarca y Túpac Amaru, de la provincia de Canas, que orgullosamente se denominan «pueblos tupacamaristas».

El Proyecto Bicentenario ha llegado a Túpac Amaru porque acompaña los actos centrales por los 239 años de la rebelión de José Gabriel Condorcanqui y Micaela Bastidas. Durante varias semanas, los vecinos del distrito y sus anexos se han preparado para escenificar en una misma tarde, como cada año hace por lo menos tres décadas, un proceso que abarca desde la captura del corregidor Antonio de Arriaga hasta su ejecución.

Un acto de reivindicación

Pese a la cantidad de actores -unos 500 entre runas, caciques y cacicas, varayocs e incluso un sacerdote con su monaguillo-, la obra no tiene público que lo aplauda, porque todos ahí son actores, incluso nosotros, que recibimos autorización de la comunidad para hacer la cobertura solo cuando nos ataviamos con sombreros de la provincia de Canas. El mensaje es claro: no se recrean las luchas para atraer turistas o comercio, sino para reivindicar la trascendencia americana de los antepasados de estos pueblos.

No se trata de una celebración solo a Túpac Amaru II, Micaela Bastidas o Tomasa Tito, sino al papel de las comunidades en su conjunto, por eso el acto que toma más tiempo es el de la presentación de cada llaqta. Por casi una hora, ante su balcón, Túpac Amaru II (Robert Paucara) y Micaela Bastidas (Jenny Villavicencio) reciben a los dirigentes de los anexos de Ccochapata, Surimana, Pampahuasi o Yanaoca, quienes, con el mejor quechua de sus abuelas, juran fidelidad a la rebelión que está a punto de comenzar y que sublevará no solo al mundo andino, sino que remecerá a toda América y desencadenará una crisis política en Madrid. Los actores esa tarde son conscientes de esta trascendencia continental y, por eso, sus expresiones, sus gestos y sus vivas quiebran el alma de cualquier testigo.

Una ventaja de la actuación al aire libre, con tantos libretos en paralelo, es que se permite la improvisación, de lo que resultan joyas como la respuesta de Tomasa Tito a un Arriaga arrodillado y al pie de la horca. El español, que no ha dejado de gritar desafiante durante toda la tarde “indios bastardos, la van pagar”, mira directo a los ojos a Tito Condemayta y le espeta “tú has sido mía, india”, algo que ella toma con sorna y cuya sentencia nos escarapela: “pero ya no, ahora soy del pueblo, y ahora mi pueblo es libre”. No existe, por supuesto, evidencia de que algo así haya sucedido, pero que ambos decidan este diálogo demuestra que lo que presenciamos es lo más apasionado por la defensa de una patria soberana.

La ceremonia culmina con un leve aguacero y entre chubascos y música, mientras los comuneros se trepan a buses y camiones para volver a sus anexos a guarecerse, la directora ejecutiva del Proyecto Bicentenario, Gabriela Perona, anuncia que la casa de la familia formada por José Gabriel y Micaela Bastidas será puesta en valor y declarada Patrimonio Cultural de la Nación. “Haylli Túpac Amaru”, gritan, “haylli Micaela Bastidas”, replican, “haylli Perú Suyo”. Los aplausos son mucho más fuertes. El retorno a Cusco es satisfactorio, el objetivo de llevar buenas noticias a los pueblos camino al Bicentenario se ha cumplido.